Siempre me he preguntado qué pasa por la cabeza de una persona que decide suicidarse. En mi mente el recuerdo de mi tío sigue intacto. Lo repaso una y otra vez, buscando explicaciones, intentando unir líneas inconexas que me permitan entender algo. A veces pienso que de tanto reconstruirlo le cambio detalles al día, que cada vez rehago las escenas de forma distinta, como si fuera un borrador sin fin.
Era 31 de julio de 2011. Yo estaba haciendo panqueques, algo absolutamente inusual en mí. La cocina y yo nunca hemos sido buenas compañeras; siempre he sentido que mi torpeza convierte cualquier receta en una posible arma doméstica. Sin embargo, ese día estaba ahí, concentrada, intentando no incendiar nada.
De pronto tocaron la puerta con insistencia. Fui a abrir con calma, sin imaginar nada en particular. Al otro lado había una mujer desesperada. Lloraba de una forma desbordante. La saludé con mi tranquilidad habitual, ajena a su tristeza, como si todavía no entendiera que ese llanto venía a quebrar algo. Me pidió que llamara a mi abuela de inmediato.
Mi abuela estaba en la cocina, sentada, comiendo los panqueques que yo le había preparado. Hacía solo unos días, exactamente el 13 de julio de 2011, había fallecido mi abuelo producto de una osteoporosis avanzada y un cáncer a la próstata. Mi abuela estaba iniciando un duelo complicado. Yo pensaba que no debía alterarla más, que había que dejarla tranquila después de semanas tan agitadas.
Sin querer perturbar a mi abuela le pregunté a la señora:
—¿Para qué la necesita?
Me respondió con una desesperación que ascendía, como si estuviera escupiendo algo que no sabía cómo digerir. Abruptamente me dice: se mató tu tío Pepe.
Fui corriendo a buscar a mi abuela. Le comuniqué la noticia y nos dirigimos rápidamente al lugar donde mi tío se suicidó. La verdad, no recuerdo cómo llegamos. Todo pasó muy rápido, y esas lagunas mentales intento reconstruirlas una y otra vez. Solo recuerdo la angustia que sentí, pero no recuerdo cómo llegamos a aquel lugar.
Ya en el lugar, lo primero que vimos fue a mi tío con una soga en el cuello. La escena fue tétrica. Esa fue la primera vez que veo a alguien terminar con su vida, aunque no fue mi primer acercamiento al suicidio.
La primera vez que alguien cercano se suicidó fue Romina, una compañera de curso, en el año 2008, cuando yo tenía apenas 15 años. No sé cómo dimensionar qué pasó por su cabeza en ese momento. Había rumores de que el suicidio fue porque había repetido el curso y no soportó el peso de aquel hecho. Por muchos meses me sentí culpable por no haber ido a clases esa semana, por no conversar con Romina, por no estar ahí cuando su cabeza era un torbellino, por no decir alguna palabra de aliento. Pero ¿qué sabiduría iba a llegar en ese momento de una pendeja de 15 años? Mi mamá siempre decía que no sabía nada de la vida, que era una simple niña inocentona, jugando a crecer.
En ese momento, nada hacía presagiar que tres años después tendría frente a mí la imagen brutal de mi tío ahorcado. Lo primero que hicieron fue llamar a Carabineros para que lo trasladaran al Servicio Médico Legal. La señora que nos fue a avisar sobre lo ocurrido era su jefa, donde mi tío tomaba la pensión y trabajaba, por lo que nos entregó sus pertenencias, mientras el cuerpo sin vida se dirigía a ser analizado en el SML.
Entre sus pertenencias, había ropa, zapatos y un celular. Yo, con curiosidad, tomo el celular, buscando alguna señal, algún mensaje, algo que fuera el detonador, esa bomba que le hizo pensar que su vida no tenía sentido. Pero no encuentro mucho, no había ningún número extraño en el marcador, ningún mensaje, nada inusual. ¿Puede ser que la rutina sea determinante para terminar con tu vida? ¿Puede la falta de vivencias hacerte pensar que ya no queda nada más por vivir? ¿Puede ser que un estado de inercia sea tan determinante?
Ante la falta de respuestas, la duda se vuelve constante, y esa búsqueda de significado se queda corta, vacía.
Al día siguiente, fuimos a buscar el cadáver de mi tío al Servicio Médico Legal. Nos llevó la funeraria que contratamos. El encargado, le preguntaba de manera insistente a mi abuela , si quería que maquillaran a mi tío cuando lo pusieran en el ataúd. Mi abuela no le respondía, parecía perpleja, quizá nunca pensó que iba a enterrar a su hermano y a su esposo con solo semanas de diferencia. Yo le respondí: maquíllelo. Me dijo: ya, entonces acérquese. Me hizo pasar a una sala donde estaba el ataúd antes de embarcarlo en la carroza para trasladarlo al lugar donde lo iban a velar.
Y ahí estaba mi tío con los ojos cerrados, su piel amarilla, su cuello tapado para ocultar los rastros de una soga letal, y finalmente una sonrisa, como si efectivamente estuviera en paz, como si la muerte lo hubiera liberado. Fue en ese momento que comprendí que la vida y la muerte tenían más sentidos de los que yo conocía.
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