Quiero dejar en claro que esta historia no comienza esa noche: comienza con la soledad.
La soledad me consumía, y eso hacía que me volviera adicta a beber hasta quedar sin conciencia o tendida en algún sillón de un desconocido. Esta vez no era diferente a las otras situaciones donde, tomando alcohol, ahogaba mis penas y, a veces, algo más.
Hace algunos meses se había enterado de que iba a ser papá, fruto de una relación breve con una chica que estudiaba Psicología. Pero, como se tomaba todo a la ligera, ya se había comprometido con Consuelo, una compañera de carrera que cursaba unos semestres más abajo que nosotros.
Oscar vivía detrás de un cementerio y desde su ventana se veían los féretros. De noche parecía que uno estuviera viviendo dentro del cementerio. Pero como siempre había fiesta, siempre me preguntaba: ¿los muertos se podrán enojar con tanto ruido? Y recordaba lo que decía mi abuela: los muertos no viven en los cementerios.
Al frente vivía él, el hombre que en ese momento me mantenía enamorada. Entre tantas idas y vueltas habíamos terminado, y él había formalizado una relación con una chica llamada Graciela.
El carrete estaba bueno. Entre risa y risa decidí salir a fumar al patio de Oscar, que daba justo frente a la ventana de la casa de Graciela y él. Encendí el cigarro escondiéndome del viento. Había una brisa leve que se agradecía. Siempre el viento me hacía sentir libre, y esa suavidad me daba una falsa sensación de paz.
Cuando aspiré el humo, vi que en la casa del frente se encendían las luces y se proyectaban unas sombras. Me quedé inmóvil, pensando que cualquier movimiento brusco me delataría, más aún después de un par de cervezas que aumentaban mi torpeza.
Los vi a ellos, a través de la sombra. Vi cómo él la besaba apasionadamente mientras, entre cigarros y alcohol, yo aún pensaba en él. Vi cómo se rompía la esperanza de que quedaran chispas de aquel amor.
De pronto, una angustia entró en mi cuerpo. La brisa se transformó en un frío que me recorría por dentro. Las lágrimas me cobijaron en la soledad de esa noche, mientras el cigarro se consumía hasta quemar mis dedos.
Me quedé detenida observando la escena, mientras mi corazón parecía quebrarse en silencio.
Entonces llegó Oscar y me preguntó si estaba bien. Lo miré y, sin decir nada, me abalancé sobre él y lo besé. Guiados por el deseo del momento, subimos a su pieza.
Luego de que esa pasión nos devorara, desperté de un largo letargo. Miré mi celular: eran las cuatro de la mañana. Por la ventana entraba la luz tenue de la calle y las sombras de las tumbas del cementerio se dibujaban en la pared. Oscar se había ido de la pieza.
Comencé a recordar lo que había hecho antes de dormirme. Sentí asco de mí. Las siluetas de las tumbas me hicieron sentir una muerta en vida.
Sentí que por unas horas me transformé en un monstruo sin piedad, sin remordimientos, sin empatía. Sentí que la angustia me llevó hasta un punto tan decadente que la desidia se apoderó de mi corazón vulnerable.
El olor a humo, mis dedos quemados, me hundían en una sensación de putrefacción. Quizás la culpa era eso. Aunque no podía echarle la culpa a la culpa. La única responsable de aquella escena cruel era yo.
La que leía poesía feminista, la que trataba de visibilizar el feminismo con mis amigas leyendo juntas a Simone de Beauvoir y hablando de sororidad.
Se había convertido en todo menos en una mujer sorora.
Me quedé dormida y desperté un rato antes de que saliera el sol. Aún con la culpa habitándome, mientras los demás dormían, salí a caminar por la ciudad, el cielo comenzaba a aclararse. En una bencinera me tomé un café y luego me subí al bus con destino a mi casa, en Calbuco. Dormí profundamente durante el trayecto.
Al llegar, me llamó Consuelo. La escuché en silencio, guardándome la culpa. Entre lágrimas entendí la fragilidad que existe entre la lucidez y el error, las contradicciones inevitables de ser humana.
Desde ese día, Consuelo nunca más me saludó, y la entiendo, entendí su silencio y su indiferencia. En las noches pensaba en mi contradicción mas grande, cómo podía defender el discurso feminista si no había tenido la piedad suficiente para pensar en ella mientras lo besaba a él, mientras nuestros cuerpos hacían una danza agónica de placer.
Y entendí que nadie está a salvo de sus propias contradicciones, porque incluso nuestros errores terminan por moldearnos, aunque antes nos hagan sentir prisioneros.