Por ahí he escuchado que es más fácil recordar las últimas veces que las primeras veces. No recuerdo la primera vez que lloré, porque evidentemente era pequeña; Pero recuerdo la última vez que lloré. Fue ayer. Con un poema de Idea Vilariño.
Ayer me puse a pensar en él, en la última vez que nos vimos. No recuerdo la fecha. Hay algo que tengo super claro. Yo lo busqué, con la insistente idea de que por fin nuestra relación podría funcionar, de que por fin iba a dejar su antipatía para fijarse en mí. Después de intentar todo, incluso camuflar lo que evidentemente me molestaba, porque él decía que las mujeres que se quejaban estaban insatisfechas. Sexual y emocionalmente con sus vidas. Según el, yo no debería quejarme, debía sentirme satisfecha con mi vida, sobretodo de forma sexual, ya que él se encargaba de hacerme feliz. Pero si pienso en la última vez que sentí un orgasmo, creo que nunca lo sentí, al menos no con él.
La última vez que nos vimos le pedí que me pasara a buscar, para ver si mientras manejaba y llegábamos a mi casa podía haber una oportunidad de conversar y llegar a un consenso sobre qué era lo que queríamos. Llevábamos juntos, pero no revueltos, por muchos años; ese casi algo, esa casi historia interminable, se tenía que definir.
Me pasó a recoger a mi trabajo. Recuerdo haber sonreído al verlo, como una adolescente cuando corre tras su ídolo. Me saludó de beso y arrancó el auto. Comenzamos la conversación acerca de cómo había estado nuestro día, qué habíamos hecho en el trabajo, y de pronto paró el auto, se estaciono en un sitio abandonado, en la quietud de la clandestinidad, se desabrochó el cierre del pantalón y me pidió que le hiciera sexo oral.
La clandestinidad fue el cobijo de nuestro amorío, muchas veces en la oscuridad de la noche me tonó la mano tímidamente, en la soledad de las calles me dijo que me quería, y ahora en lo inhóspito del lugar el sexo se volvía una solicitud.
Nunca me sentí cómoda con el sexo oral sin pasión, sin un poco de erotismo, de estimulación. ¿Cómo lo harán las putas para hacerlo sin deseo? Yo no podía. No me quiero imaginar tener sexo si la persona ni siquiera te gusta. Finalmente accedí, simplemente por complacerlo.
Después de terminar, saqué una toalla húmeda de mi cartera y me limpié, como si hubiese hecho algo sucio. Quizás me sentía sucia por ir en contra de mí. Pero complacerlo era algo que hacía de manera constante, solo con el fin de que se fijara en mí, que pudiera corresponder ese amor que creía que sentía, porque si pienso en la última vez que sentí amor por un hombre, aquello no tenía nada parecido al amor.
Si me preguntan por qué luché tanto para que se fijara en mí, no tendría una respuesta fácil.
Quizás fue el miedo al abandono,
Quizás fue el deseo de ser gustada,
Quizás fue buscar aprobación.
Desde pequeña tuve una autoestima muy baja, sumado a esto, una madre muy estricta con los parámetros femeninos:
Ser delicada.
Maquillada.
Peinada.
Presentable.
Elegible.
Yo en esencia nunca pude encajar en esos estándares.
Mi madre era defensora de la idea de que una se debía vestir y maquillarse para los hombres, para que ellos te eligieran, te miraran y te encontraran la más bonita del lugar. Pero yo estaba lejos de caer en el estándar de belleza esperado por el constructo social. Era torpe, desordenada, con el cabello ondulado, con unos rizos abstractos e impredecibles. Me gustaba la ropa ancha y los colores oscuros.
Recuerdo la primera vez que me declaré a un chico, tenía 13 años, él me rechazó diciendo que era demasiado fea y que estaba muy gorda para él. Después de eso no comía y vomitaba a escondidas para bajar de peso. Me frustró tanto que alguien me rechazara que quise cambiar para ser aceptada, hasta que un día me pidió que fuéramos novios y yo pensé que esa fórmula la podría aplicar nuevamente, aunque esa relación terminó muy mal.
Después del sexo oral hubo silencio. Un silencio raro. Como si el cuerpo ya hubiera hecho lo que tenía que hacer y ahora viniera la verdad. Con una calma casi abrupta me dijo que no quería tener una relación conmigo, que estábamos bien como estábamos, que yo era muy inmadura, poco reflexiva. Él quería una persona madura. Con los años entendí que eso tenía algo de verdad; era bastante inmadura insistiéndole amor a él. También me dijo que a él le gustaban las mujeres con el pelo liso, que fueran más arregladitas, más femeninas, no tan brutas como yo. Lo del pelo liso me quedó rondando. La verdad, todo el tiempo que estuve estancada en esta relación nunca dejé de alisarme.
Cariño, ¿Por qué una va en contra de una misma tan solo para sentirse amada?
Caí en la mentira, que debía ser elegida, que el amor era fácil, que alguien me iba a elegir toda la vida, que me iba a mirar entre la multitud. Pero la realidad es que estaba ahí, tan alejada de mí, que ni siquiera yo me elegía.
De pronto, en un impulso desconocido
Me fui.
Algo me indignó. No supe nombrarlo.
Las palabras no me salían.
Quizás vi nuestra historia pasar por mi mente, con tanta claridad, que quise huir de un futuro espantoso
Quizás fueron sus palabras tomaron mas peso y calaron hondo.
Pero por primera vez en muchos años escuché el latido de mi corazón.
Ese no era mi lugar.
Y me fui.
Sin mirar atrás.
Sin tristeza.
Pero por primera vez en muchos años escuché el latido de mi corazón.
Ese no era mi lugar.
Y me fui.
Sin mirar atrás.
Sin tristeza.
Me fui corriendo de un peligro inminente
Desde esa vez jamás me he vuelto a abandonar.
Y esa fue la última vez que lo vi.
Y esa fue la última vez que lo vi.
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