jueves, 5 de febrero de 2026

31 de diciembre de 2025


Ese día murió mi tía Mirna, la penúltima hermana viva de mi abuelo, que lleva 15 años fallecido. 
La muerte llegó como llegan siempre estas cosas: sin pedir permiso y justo cuando una cree que no puede cargar nada más.

Al principio tuve miedo de decirle a mi abuela. Desde hace días repetía que sentía que se iba a morir, como si el cuerpo ya estuviera ensayando la despedida. Pensé que una noticia así podía hundirla más, quitarle lo poco que le quedaba de ánimo. Preferí callar. Postergar. Protegerla, o al menos intentarlo.

El 1 de enero fuimos a almorzar donde mi tía Waleska. Conversamos en familia sobre el velorio y el funeral de Mirna. Yo insistí en que lo mejor era decirle después a Lila. La había notado apagada, frágil, como si cualquier palabra pudiera empujarla hacia una tristeza irremediable.

La tarde transcurrió entre dulces y sobremesas largas. Hubo risas pequeñas, de esas que no alcanzan a borrar la pena pero la distraen un rato. Después de comer, mi abuela fue al baño.
Y pasó lo que siempre temo cuando no estamos en casa.

No sé cómo decirlo de una manera lingüísticamente estética, así que lo diré sin rodeos: se cagó.
Hasta el último rincón del pañal.

Usamos pañal “por si acaso”. Ese por si acaso llegó ayer.

Lo más trágico no es que se cague.
Lo verdaderamente incómodo, lo verdaderamente triste, es que ella intenta limpiarse sola, como un bebé grande que no recuerda del todo su propio cuerpo. Y deja a su paso todo sucio. El baño. La ropa. El suelo. Todo.

No estamos en casa.
Y, como casi siempre, me toca a mí limpiar la mierda. Después ir rápido a casa para bañarla.

Cuando la baño, se relaja. El agua la calma. Duerme un rato, profundamente, como si el cuerpo por fin bajara la guardia. Pero ese descanso dura poco. Al despertar vuelve la frase, insistente, interminable:

Me voy a morir.

La repite hasta que cae la noche. Hasta que nos vamos a dormir. Como si necesitara asegurarse de que alguien la escuchó decirlo.

Al día siguiente comenzó a llamarme de forma insistente. No quería quedarse sola. Estaba angustiada. Segura de que ese sería el día en que se moriría.
El teléfono sonaba como una alarma que nadie puede apagar.

Cuidar a mi abuela es un viaje. Un viaje incómodo y revelador. Un viaje que me obliga a preguntarme qué es el amor: si es incondicional o si incluso el amor tiene un límite. Me obliga a mirar de frente la vejez, la muerte, la vida. Todo junto. Todo mezclado.

La angustia subía y con ella las llamadas. Cuando la angustia es alta, llama a todos. Pero sobre todo a mi tía Waleska. Ese día la llamó entre veinte y treinta veces. Mi tía no podía venir: estaba en el velorio de Mirna.

Yo me sentí agotada. Vacía. Incapaz de hacer algo que realmente calmara ese miedo. Como último recurso, le di tres tazas de té de manzanilla para que se relajara.

No fue una solución.

Se volvía desesperante atenderla. No había forma de calmarla, ninguna palabra parecía alcanzar.
Entonces hice algo guiada más por el agotamiento que por la certeza. Apliqué una lógica que tal vez funciona conmigo, pero no con mi abuela. O eso creía. Aun así, lo intenté.

Le conté que mi tía Mirna había muerto.
Le dije también que Waleska no podía venir porque estaba en el velorio.

Ya está, pensé.
Esto es lo peor que podía pasar.

Cerré los ojos, como si hubiese lanzado una bomba y no quisiera ver la explosión. Esperé el llanto, el quiebre, alguna reacción que confirmara mi miedo. Pero no ocurrió nada de eso.

Creo que no lo asimiló.
La noticia no le produjo tristeza. No hubo pena visible, ni preguntas, ni recuerdos. Solo un silencio breve. Después, algo inesperado: se calmó.

Desde ese momento, y hasta la noche, estuvo tranquila.

 

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