miércoles, 11 de febrero de 2026

Miércoles 11 de febrero de 2026



Querida Vero:

Hubiese deseado haber comenzado hace mucho tiempo a escribirte cartas, a contarte todo lo que has vivido últimamente.

Un contexto breve: llevas 7 años dedicándote al cuidado de tu abuela Lidia. Ella te crió desde que tenías 9 meses y actualmente tienes 32 años. Ahora estás en una sala de urgencia junto a Lila, así es como le dices a tu abuela.

Lila llevaba cerca de 7 días con estreñimiento. Cada vez le cuesta más ir al baño y se rehúsa a tomar agua. Toma casi todos los días lactulosa y trata de beber mucho té, pero a veces no ayuda. Estamos juntas con Lila esperando que la atiendan mientras ella se queja de dolor.

Son las 00:00 horas. Desde las 19:00 llevas rogándole que venga al hospital porque notabas algo extraño en ella. Llevas contados los días que no ha defecado.

El doctor le pide hacerse unos exámenes, radiografías, para ver si existe un fecaloma. Mientras esperamos que el médico llegue a revisar las radiografías y explique el diagnóstico, Lila está muy inquieta. Y tú, Vero, tienes mucha paciencia. Espero que no pierdas esa paciencia que te caracteriza.

Es difícil vivir día a día lo que tú vives, pero estoy convencida de que eres una mujer valiente, aunque hagas las cosas con miedo.

Lila está nerviosa. Vino la enfermera a ponerle suero y no halla la hora de irse para su casa. Siempre te dice que en el hospital no le hacen nada, pero créeme, siempre nos han ayudado.

Volvió el médico y revisó las radiografías. Sus sospechas resultaron ciertas: tiene un fecaloma y deben ponerle una especie de sonda para que pueda evacuar. Es un poco incómodo para ti. Siempre estás limpiando caca. Nunca te has acostumbrado del todo, aunque ya asumiste que debes hacerlo.

Estamos esperando que termine el suero para comenzar el procedimiento de la sonda. Lila cada vez se impacienta más. Sospecho que debe tener sueño, que se frustra y se quiere ir a casa. Pero aún nos queda una larga jornada aquí en el hospital.

Mientras esperamos que el suero haga efecto, aprovecho de contarte que estás entusiasmada por los próximos proyectos. El año pasado te inscribiste en un diplomado sobre pedagogía teatral y, junto a un grupo de compañeros, van a realizar un libro de investigaciones acerca de la aplicación de la pedagogía teatral. Estás feliz. Crees que, de alguna forma, has encontrado un norte en la pedagogía, que a veces resulta tan cansadora y poco llevadera junto con tu labor de cuidadora de tu abuela.

No te he contado, pero tienes dos gatitos. Uno se llama Tarzán —ese nombre se lo puso Lila—. Tarzán, como su nombre lo dice, es inquieto y salvaje. Es un gato peludo y naranjo, muy inquieto, que siempre quiere salir. También tienes a la Blanquita, que adoptaste de una camada de gatos que llegó a tu casa. Blanquita es caprichosa y rebelde; de seguro que, si tuvieras una hija, sería así de rebelde. Pero en el fondo es cariñosa: se acerca a ti, busca tu cariño y todas las noches, desde que la adoptaste, duerme contigo. Al igual que Tarzán, aunque sea un gato loco.

Tú muestras una dedicación enorme al cuidarlos. Incluso sales a buscar a Tarzán cuando se arranca.

También llegaron tres gatitas. A una de ellas le pusiste Kenita. Es la mamá de todas las camadas de gatos que han llegado a tu casa. Es muy salvaje, no se deja agarrar y te ha rasguñado muchas veces cuando la quieres llevar a esterilizar. La Kenita es mamá de Blanquita y de las otras dos gatitas que llegaron a tu casa: a una le pusiste Peludita y a la otra Cuchita.

Estas gatitas son muy amorosas contigo, pero como la Blanquita y Tarzán son territoriales, dejas a las gatitas en una habitación aparte.

Creo que tienes algo con el cuidado. Eres muy protectora.

Son las dos de la mañana. Tienes mucho sueño. Los ojos se te cierran y luego se te abren rápidamente. De fondo escuchas el ruido de las máquinas del hospital, que está lejos de ser música para tus oídos.

Lila está inquieta y tú solo quieres tenderte en tu cama. Vas a preguntarle a una enfermera qué pasó con el suero. La enfermera viene a verlo, pero no es la que la está atendiendo, así que aún deben esperar.

Lila se sentó en la camilla. Está muy inquieta y quiere irse a su casa. Te pregunta la hora, pero le respondes que es temprano. Hay que armarse de paciencia y dejar el sueño para más tarde.

Son las 2:36. Estás muy cansada. No sé si termines ahora esta carta. El cansancio te gana y recién va a comenzar el procedimiento de la sonda.

Lila está preguntando quién nos va a ir a dejar a la casa. Tú estás medio recostada en una camilla. El cansancio te vence. Escribes desde la camilla, con los ojos pesados y la mente en pausa.

No sabes cuánto más durará esta noche. Solo sabes que estás aquí. Que no te fuiste. Que te quedaste.

Son las 3:00 de la mañana. Le pusieron la especie de sonda a Lila. Tiene el fecaloma incrustado como los pensamientos intrusivos. Estás muy cansada, y no es para menos: llevamos casi cuatro horas acá y lo único que quieres hacer es dormir.

Piensas, de forma más positiva, que llegaremos a casa a eso de las 5 de la mañana y podrás dormir unas cinco horas, ya que a las 10:00 llega el hombre que va a limpiar la estufa.

Qué cansancio es ser cuidadora. La gente que sabe que lo eres te mira como si fueras un ángel, como si la vida fuera a recompensarte todo lo que haces por tu abuela. Pero tú no crees en esas recompensas futuras. Siempre has pensado que la vida se vive ahora y que el después no lo sabemos.

Las recompensas no sirven. Vale hacer las cosas por amor. Convencida del amor.

Siempre te preguntas qué es el amor. Cuidando a tu abuela, la vida no te muestra la figura más amable de amar, pero estás convencida de que es un trabajo diario, que se realiza incluso en los peores momentos, como este, en el que sabes que tendrás que limpiar mucha caca cuando la sonda termine de correr.

Pero bueno, como una autoprofecía cumplida, es tu trabajo y lo has elegido al cuidar a Lila.

Cuidar a Lila no fue una decisión fácil. Cuando comenzaste a hacerte cargo tenías 25 años, y nadie tenía suficiente fe en que lo hicieras bien. Hasta ese momento habías conservado ese toque juvenil e inquieto que parecía reflejo de inmadurez, pero no. Simplemente te gusta disfrutar la vida y la seriedad no va mucho contigo, aunque el cuidado de Lila te lo tomas en serio.

Hasta este momento conservas tu espectro juvenil. ¿Cómo serás cuando leas esta carta? Espero que esta voz interna aún te acompañe, que aún te hable de la vida de tus sueños y del eterno amor que entregas.

Bueno, es hora de despertar de ese amor. La sonda está haciendo su efecto. Queda poco para irse a casa. Falta limpiarla, que la revise nuevamente el médico, y podrás dormir. Aunque sea poco, al menos tu cuerpo va a descansar.

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