sábado, 28 de febrero de 2026

La soledad y sus contradicciones.

Siempre he creído que es necesario reconocer los errores. Contar lo absurdo, lo contradictorio, lo errático, es parte de aceptar que nuestra condición humana es más compleja.
Quiero dejar en claro que esta historia no comienza esa noche: comienza con la soledad.

    La soledad me consumía, y eso hacía que me volviera adicta a beber hasta quedar sin conciencia o tendida en algún sillón de un desconocido. Esta vez no era diferente a las otras situaciones donde, tomando alcohol, ahogaba mis penas y, a veces, algo más.

Con un grupo de amigos decidimos pasar las tardes infinitas de verano en la casa de Oscar, un compañero de universidad. Oscar era de esos hombres que, por una extraña razón, tenía muchas mujeres enamoradas de él. A mí, en lo particular, no me parecía atractivo, pero podía notar que su encanto se basaba en su personalidad sociable, su amplio sentido del humor y su actitud ligera, como si tuviese todo controlado, como si nada pudiera salirse de cauce.

    Hace algunos meses se había enterado de que iba a ser papá, fruto de una relación breve con una chica que estudiaba Psicología. Pero, como se tomaba todo a la ligera, ya se había comprometido con Consuelo, una compañera de carrera que cursaba unos semestres más abajo que nosotros.

    Oscar vivía detrás de un cementerio y desde su ventana se veían los féretros. De noche parecía que uno estuviera viviendo dentro del cementerio. Pero como siempre había fiesta, siempre me preguntaba: ¿los muertos se podrán enojar con tanto ruido? Y recordaba lo que decía mi abuela: los muertos no viven en los cementerios.

    Al frente vivía él, el hombre que en ese momento me mantenía enamorada. Entre tantas idas y vueltas habíamos terminado, y él había formalizado una relación con una chica llamada Graciela.

    El carrete estaba bueno. Entre risa y risa decidí salir a fumar al patio de Oscar, que daba justo frente a la ventana de la casa de Graciela y él. Encendí el cigarro escondiéndome del viento. Había una brisa leve que se agradecía. Siempre el viento me hacía sentir libre, y esa suavidad me daba una falsa sensación de paz.

    Cuando aspiré el humo, vi que en la casa del frente se encendían las luces y se proyectaban unas sombras. Me quedé inmóvil, pensando que cualquier movimiento brusco me delataría, más aún después de un par de cervezas que aumentaban mi torpeza.

    Los vi a ellos, a través de la sombra. Vi cómo él la besaba apasionadamente mientras, entre cigarros y alcohol, yo aún pensaba en él. Vi cómo se rompía la esperanza de que quedaran chispas de aquel amor. 

    De pronto, una angustia entró en mi cuerpo. La brisa se transformó en un frío que me recorría por dentro. Las lágrimas me cobijaron en la soledad de esa noche, mientras el cigarro se consumía hasta quemar mis dedos.

    Me quedé detenida observando la escena, mientras mi corazón parecía quebrarse en silencio.

    Entonces llegó Oscar y me preguntó si estaba bien. Lo miré y, sin decir nada, me abalancé sobre él y lo besé. Guiados por el deseo del momento, subimos a su pieza.

    Luego de que esa pasión nos devorara, desperté de un largo letargo. Miré mi celular: eran las cuatro de la mañana. Por la ventana entraba la luz tenue de la calle y las sombras de las tumbas del cementerio se dibujaban en la pared. Oscar se había ido de la pieza. 

    Comencé a recordar lo que había hecho antes de dormirme. Sentí asco de mí. Las siluetas de las tumbas me hicieron sentir una muerta en vida.

    Sentí que por unas horas me transformé en un monstruo sin piedad, sin remordimientos, sin empatía. Sentí que la angustia me llevó hasta un punto tan decadente que la desidia se apoderó de mi corazón vulnerable.

    El olor a humo, mis dedos quemados, me hundían en una sensación de putrefacción. Quizás la culpa era eso. Aunque no podía echarle la culpa a la culpa. La única responsable de aquella escena cruel era yo.

    La que leía poesía feminista, la que trataba de visibilizar el feminismo con mis amigas leyendo juntas a Simone de Beauvoir y hablando de sororidad.

Se había convertido en todo menos en una mujer sorora.


    Me quedé dormida y desperté un rato antes de que saliera el sol. Aún con la culpa habitándome, mientras los demás dormían, salí a caminar por la ciudad, el cielo comenzaba a aclararse. En una bencinera me tomé un café y luego me subí al bus con destino a mi casa, en Calbuco. Dormí profundamente durante el trayecto.
    
    Al llegar, me llamó Consuelo. La escuché en silencio, guardándome la culpa. Entre lágrimas entendí la fragilidad que existe entre la lucidez y el error, las contradicciones inevitables de ser humana.

Desde ese día, Consuelo nunca más me saludó, y la entiendo, entendí su silencio y su indiferencia. En las noches pensaba en mi contradicción mas grande, cómo podía defender el discurso feminista si no había tenido la piedad suficiente para pensar en ella mientras lo besaba a él, mientras nuestros cuerpos hacían una danza agónica de placer. 
Y entendí que nadie está a salvo de sus propias contradicciones, porque incluso nuestros errores terminan por moldearnos, aunque antes nos hagan sentir prisioneros.

jueves, 26 de febrero de 2026

La última vez


Por ahí he escuchado que es más fácil recordar las últimas veces que las primeras veces. No recuerdo la primera vez que lloré, porque evidentemente era pequeña; Pero recuerdo la última vez que lloré. Fue ayer. Con un poema de Idea Vilariño.

Ayer me puse a pensar en él, en la última vez que nos vimos. No recuerdo la fecha. Hay algo que tengo super claro. Yo lo busqué, con la insistente idea de que por fin nuestra relación podría funcionar, de que por fin iba a dejar su antipatía para fijarse en mí. Después de intentar todo, incluso camuflar lo que evidentemente me molestaba, porque él decía que las mujeres que se quejaban estaban insatisfechas. Sexual y emocionalmente con sus vidas. Según el, yo no debería quejarme, debía sentirme satisfecha con mi vida, sobretodo de forma sexual, ya que él se encargaba de hacerme feliz. Pero si pienso en la última vez que sentí un orgasmo, creo que nunca lo sentí, al menos no con él.

La última vez que nos vimos le pedí que me pasara a buscar, para ver si mientras manejaba y llegábamos a mi casa podía haber una oportunidad de conversar y llegar a un consenso sobre qué era lo que queríamos. Llevábamos juntos, pero no revueltos, por muchos años; ese casi algo, esa casi historia interminable, se tenía que definir.

Me pasó a recoger a mi trabajo. Recuerdo haber sonreído al verlo, como una adolescente cuando corre tras su ídolo. Me saludó de beso y arrancó el auto. Comenzamos la conversación acerca de cómo había estado nuestro día, qué habíamos hecho en el trabajo, y de pronto paró el auto, se estaciono en un sitio abandonado, en la quietud de la clandestinidad, se desabrochó el cierre del pantalón y me pidió que le hiciera sexo oral.

La clandestinidad fue el cobijo de nuestro amorío, muchas veces en la oscuridad de la noche me tonó la mano tímidamente, en la soledad de las calles me dijo que me quería, y ahora en lo inhóspito del lugar el sexo se volvía una solicitud.

Nunca me sentí cómoda con el sexo oral sin pasión, sin un poco de erotismo, de estimulación. ¿Cómo lo harán las putas para hacerlo sin deseo? Yo no podía. No me quiero imaginar tener sexo si la persona ni siquiera te gusta. Finalmente accedí, simplemente por complacerlo.

Después de terminar, saqué una toalla húmeda de mi cartera y me limpié, como si hubiese hecho algo sucio. Quizás me sentía sucia por ir en contra de mí. Pero complacerlo era algo que hacía de manera constante, solo con el fin de que se fijara en mí, que pudiera corresponder ese amor que creía que sentía, porque si pienso en la última vez que sentí amor por un hombre, aquello no tenía nada parecido al amor.

Si me preguntan por qué luché tanto para que se fijara en mí, no tendría una respuesta fácil.

Quizás fue el miedo al abandono,

Quizás fue el deseo de ser gustada,

Quizás fue buscar aprobación.

Desde pequeña tuve una autoestima muy baja, sumado a esto, una madre muy estricta con los parámetros femeninos:

Ser delicada.

Maquillada.

Peinada.

Presentable.

Elegible.

Yo en esencia nunca pude encajar en esos estándares.

Mi madre era defensora de la idea de que una se debía vestir y maquillarse para los hombres, para que ellos te eligieran, te miraran y te encontraran la más bonita del lugar. Pero yo estaba lejos de caer en el estándar de belleza esperado por el constructo social. Era torpe, desordenada, con el cabello ondulado, con unos rizos abstractos e impredecibles. Me gustaba la ropa ancha y los colores oscuros.

Recuerdo la primera vez que me declaré a un chico, tenía 13 años, él me rechazó diciendo que era demasiado fea y que estaba muy gorda para él. Después de eso no comía y vomitaba a escondidas para bajar de peso. Me frustró tanto que alguien me rechazara que quise cambiar para ser aceptada, hasta que un día me pidió que fuéramos novios y yo pensé que esa fórmula la podría aplicar nuevamente, aunque esa relación terminó muy mal.

Después del sexo oral hubo silencio. Un silencio raro. Como si el cuerpo ya hubiera hecho lo que tenía que hacer y ahora viniera la verdad. Con una calma casi abrupta me dijo que no quería tener una relación conmigo, que estábamos bien como estábamos, que yo era muy inmadura, poco reflexiva. Él quería una persona madura. Con los años entendí que eso tenía algo de verdad; era bastante inmadura insistiéndole amor a él. También me dijo que a él le gustaban las mujeres con el pelo liso, que fueran más arregladitas, más femeninas, no tan brutas como yo. Lo del pelo liso me quedó rondando. La verdad, todo el tiempo que estuve estancada en esta relación nunca dejé de alisarme.

Cariño, ¿Por qué una va en contra de una misma tan solo para sentirse amada?

Caí en la mentira, que debía ser elegida, que el amor era fácil, que alguien me iba a elegir toda la vida, que me iba a mirar entre la multitud. Pero la realidad es que estaba ahí, tan alejada de mí, que ni siquiera yo me elegía.

De pronto, en un impulso desconocido

Me fui.

Algo me indignó. No supe nombrarlo.

Las palabras no me salían.

Quizás vi nuestra historia pasar por mi mente, con tanta claridad, que quise huir de un futuro espantoso 
Quizás  fueron sus palabras tomaron mas peso y calaron hondo. 

Pero por primera vez en muchos años escuché el latido de mi corazón.

Ese no era mi lugar.

Y me fui.

Sin mirar atrás.

Sin tristeza.

Me fui corriendo de un peligro inminente 

Desde esa vez jamás me he vuelto a abandonar.

Y esa fue la última vez que lo vi.

¿Que será la muerte?

Siempre me he preguntado qué pasa por la cabeza de una persona que decide suicidarse. En mi mente el recuerdo de mi tío sigue intacto. Lo repaso una y otra vez, buscando explicaciones, intentando unir líneas inconexas que me permitan entender algo. A veces pienso que de tanto reconstruirlo le cambio detalles al día, que cada vez rehago las escenas de forma distinta, como si fuera un borrador sin fin.

Era 31 de julio de 2011. Yo estaba haciendo panqueques, algo absolutamente inusual en mí. La cocina y yo nunca hemos sido buenas compañeras; siempre he sentido que mi torpeza convierte cualquier receta en una posible arma doméstica. Sin embargo, ese día estaba ahí, concentrada, intentando no incendiar nada.

De pronto tocaron la puerta con insistencia. Fui a abrir con calma, sin imaginar nada en particular. Al otro lado había una mujer desesperada. Lloraba de una forma desbordante. La saludé con mi tranquilidad habitual, ajena a su tristeza, como si todavía no entendiera que ese llanto venía a quebrar algo. Me pidió que llamara a mi abuela de inmediato.

Mi abuela estaba en la cocina, sentada, comiendo los panqueques que yo le había preparado. Hacía solo unos días, exactamente el 13 de julio de 2011, había fallecido mi abuelo producto de una osteoporosis avanzada y un cáncer a la próstata. Mi abuela estaba iniciando un duelo complicado. Yo pensaba que no debía alterarla más, que había que dejarla tranquila después de semanas tan agitadas.

Sin querer perturbar a mi abuela le pregunté a la señora:
—¿Para qué la necesita?

Me respondió con una desesperación que ascendía, como si estuviera escupiendo algo que no sabía cómo digerir. Abruptamente me dice: se mató tu tío Pepe.

Fui corriendo a buscar a mi abuela. Le comuniqué la noticia y nos dirigimos rápidamente al lugar donde mi tío se suicidó. La verdad, no recuerdo cómo llegamos. Todo pasó muy rápido, y esas lagunas mentales intento reconstruirlas una y otra vez. Solo recuerdo la angustia que sentí, pero no recuerdo cómo llegamos a aquel lugar.

Ya en el lugar, lo primero que vimos fue a mi tío con una soga en el cuello. La escena fue tétrica. Esa fue la primera vez que veo a alguien terminar con su vida, aunque no fue mi primer acercamiento al suicidio.

La primera vez que alguien cercano se suicidó fue Romina, una compañera de curso, en el año 2008, cuando yo tenía apenas 15 años. No sé cómo dimensionar qué pasó por su cabeza en ese momento. Había rumores de que el suicidio fue porque había repetido el curso y no soportó el peso de aquel hecho. Por muchos meses me sentí culpable por no haber ido a clases esa semana, por no conversar con Romina, por no estar ahí cuando su cabeza era un torbellino, por no decir alguna palabra de aliento. Pero ¿qué sabiduría iba a llegar en ese momento de una pendeja de 15 años? Mi mamá siempre decía que no sabía nada de la vida, que era una simple niña inocentona, jugando a crecer.

En ese momento, nada hacía presagiar que tres años después tendría frente a mí la imagen brutal de mi tío ahorcado. Lo primero que hicieron fue llamar a Carabineros para que lo trasladaran al Servicio Médico Legal. La señora que nos fue a avisar sobre lo ocurrido era su jefa, donde mi tío tomaba la pensión y trabajaba, por lo que nos entregó sus pertenencias, mientras el cuerpo sin vida se dirigía a ser analizado en el SML.

Entre sus pertenencias, había ropa, zapatos y un celular. Yo, con curiosidad, tomo el celular, buscando alguna señal, algún mensaje, algo que fuera el detonador, esa bomba que le hizo pensar que su vida no tenía sentido. Pero no encuentro mucho, no había ningún número extraño en el marcador, ningún mensaje, nada inusual. ¿Puede ser que la rutina sea  determinante para terminar con tu vida? ¿Puede la falta de vivencias hacerte pensar que ya no queda nada más por vivir? ¿Puede ser que un estado de inercia sea tan determinante?

Ante la falta de respuestas, la duda se vuelve constante, y esa búsqueda de significado se queda corta, vacía.

Al día siguiente,  fuimos a buscar el cadáver de mi tío al Servicio Médico Legal. Nos llevó la funeraria que contratamos. El encargado, le preguntaba de manera insistente a mi abuela , si quería que maquillaran a mi tío cuando lo pusieran en el ataúd. Mi abuela no le respondía, parecía perpleja, quizá nunca pensó que iba a enterrar a su hermano y a su esposo con solo semanas de diferencia. Yo le respondí: maquíllelo. Me dijo: ya, entonces acérquese. Me hizo pasar a una sala donde estaba el ataúd antes de embarcarlo en la carroza para trasladarlo al lugar donde lo iban a velar.

Y ahí estaba mi tío con los ojos cerrados, su piel amarilla, su cuello tapado para ocultar los rastros de una soga letal, y finalmente una sonrisa, como si efectivamente estuviera en paz, como si la muerte lo hubiera liberado. Fue en ese momento que comprendí que la vida y la muerte tenían más sentidos de los que yo conocía.

lunes, 23 de febrero de 2026

Timidez



Te observo detrás de un libro.

Te miro, buscando una mirada tuya

Una sonrisa que me diga

Que la esperanza sigue intacta.


Me pregunto:


¿Debo dar el primer paso?


Me miras desde lejos.


Te miro a través de las páginas

De una historia

Que nunca escribiremos.

jueves, 19 de febrero de 2026

Los viajes siempre ocurren en la mente.


Y si bien uno recorre caminos físicos y se deslumbra ante paisajes maravillosos,
hay una certeza profunda:
el verdadero viaje sucede por dentro.


En un viaje se recorren los caminos de la propia conciencia.

Se derriban estructuras.

Se cuestionan prejuicios.

Se enfrentan miedos.


Se viaja hacia la propia vulnerabilidad.

Verse sola.

Cuidarse entre la multitud.

Y, al mismo tiempo, disfrutar lo desconocido.


Habitar un nuevo cotidiano pasajero.

Fugaz.


Ser, a la vez, espectador y protagonista.

Observar.

Deleitarse.

Amar.

Vivir.

Entender.



Hay una frase que dice que el racismo se cura viajando.

Y quizás no sea solo sea una frase.


Viajar es comprender la vida del otro.

Sus formas infinitas de existir.

Las distintas maneras en que una vida puede ser posible.


Es entender que, más allá de las fronteras y los acentos,

todos compartimos lo esencial:

penas, alegrías, pérdidas, duelos, sueños.



Y que, en esta realidad,

sea cual sea el paisaje,

todos somos pasajeros.


jueves, 12 de febrero de 2026

Jueves 12 de Febrero de 2026



Querida Vero:

Ya ha pasado un día desde la larga espera en el hospital. Lila es de rituales: le gusta levantarse y que haya fuego en la estufa, incluso aunque hayan 20 grados. Bueno, aquí en Calbuco, en el sur, nunca hace mucho calor; más bien el calor es algo excepcional.

Hoy temprano estuviste en un taller de escritura llamado Ficción Propia con Camila. No sé si recuerdes cómo la conociste. Todo esto fue un efecto dominó.

El 4 de enero de 2024 se estrenó la película La sociedad de la nieve, que trata sobre el accidente ocurrido en Los Andes en 1972. La película te marcó de sobremanera; es una trama muy compleja. Después de su estreno, el elenco tuvo un boom tremendo, casi un efecto de boy band, y comenzaron a viralizarse sus fotos. A ti te llamó la atención un actor: Enzo Vogrincic.

Hasta ahí te preguntas: ¿qué tiene que ver esto con Camila? Vamos con calma, aún faltan detalles.

El 16 de octubre en Chile se celebra el Día del Profesor o Profesora. Te recuerdo que eres profesora en Educación Diferencial.

La semana anterior, un grupo de estudiantes se acercó a preguntarte cuál era tu actor favorito. La primera respuesta que diste fue Keanu Reeves. Recuerdo que las chicas lo buscaron y me dijeron: “No, profe, es muy viejo. Busque uno de su edad”.

Y ahí apareció, casi sin pretensiones, el nombre de Enzo Vogrincic.

Para el 16 de octubre, como regalo del Día del Profesor, tus estudiantes llegaron con un cuadro de una imagen photoshopeada de Enzo y tú. La fotografía, enmarcada, la dejaste en tu escritorio porque te pareció muy cómica.

La imagen causó furor. Tus estudiantes preguntaban quién era, si era tu pareja o, como decimos en Chile, tu pololo. Les explicaste que era un actor uruguayo y les contaste en qué proyectos había participado. Les gustó tanto el tema que dedicaron un par de clases a hablar de él.

Un día les comentaste que Enzo iba a estrenar una obra en Uruguay. Dijiste que te encantaría verlo, pero que no tenías el dinero suficiente para viajar. Muchos estudiantes comenzaron a llegar a tu oficina diciéndote que podían ayudarte a viajar a Montevideo. Te decían que podían vender sus zapatillas para costear los pasajes. La verdad, eso te causó mucha ternura.

Durante los meses siguientes ahorraste lo que pudiste para hacer ese viaje en solitario.

La obra se estrenó a finales de marzo y se extendió hasta el 2 de mayo. Compraste entradas para el 18 y 19 de abril.

En abril te enteraste de que Nito, hermano de Moncho, tu padrino, se enfermó y fue internado en la Unidad de Cuidados Intensivos. Pasaron los días y su estado no mejoraba. Llegó el día de tu viaje y, de repente, te avisaron que Nito había muerto. Tú ibas camino a Montevideo.

La noticia te impactó profundamente. Era la primera vez que viajabas sola en avión hacia otro país. No era tu primer vuelo, pero sí tu primer viaje en soledad. Te golpeó estar lejos de tu familia mientras atravesaban una pena tan grande.

Al llegar al Teatro Solís viste a Enzo. Te gustó la obra. Te reuniste con amigas, entre ellas Nina, que es de Alemania. En medio de esos días atravesados por la pena y el impulso, apareció un anuncio: Enzo, junto a un grupo de amigos —entre ellos Camila—, presentaría una obra llamada Agua Viva, basada en Clarice Lispector.

Compraste una entrada para esa obra en Santiago de Chile. Como vives en el sur, tuviste que viajar hasta allá. Allí conociste a Camila, aunque en ese momento aún no habían interactuado mucho.

Más adelante decidiste tomar un acompañamiento uno a uno con ella. Esa decisión nació de otra idea: escribir una obra de teatro basada en la experiencia de cuidar a Lila y en el Alzheimer. El acompañamiento comenzó en agosto de 2025. Y ahora, en febrero de 2026, decidiste comenzar el taller de escritura Ficción Propia.

Fue una larga travesía. A veces piensas que el destino puso esa película en tu camino para que vieras a Enzo, para que viajaras a Uruguay y, finalmente, para que conocieras a Camila. Ella ha sido una gran fuente de inspiración y apoyo en la obra que quieres escribir sobre Lila y sobre ti.

Hoy, en el taller, nos detuvimos a reconocer, de manera general, los hitos que han marcado nuestras vidas. Hay muchos que quiero contarte, pero hay uno en particular que no puedo dejar fuera.

Cuando entraste a Kinder conociste a tus amigas Valentina y Elizabeth. Esa amistad, hasta hoy, con 32 años, ha durado 25 años. Y estoy 100% segura de que cuando leas esta carta seguirá intacta.

Tus amigas te han acompañado en todos tus procesos. Se conocen desde que tenían 6 años. Y hoy, con 32, siguen compartiendo historias, gustos y amores en común.

Vale es la amiga racional del grupo, pero también fanática de los videojuegos. Ama los gatos, como tú. Ama la música, los vinilos y los libros.

Eli es una fangirl declarada. Hoy ama el K-pop, pero en su momento le gustaban Los Búnkers y viajaron por todo Chile siguiéndolos. Conocieron muchos lugares solo por verlos en concierto.

También le encanta tuitear. No sé si cuando leas esta carta existirá Twitter todavía. No sé si las máquinas nos habrán atacado.

Te preguntarás: ¿qué es Twitter? Es una aplicación donde se puede opinar de todo. Hay personas que la usan para insultar, otras para opinar con coherencia, y personas como Eli que la utilizan para difundir información del fandom y apoyar a sus artistas favoritos.

miércoles, 11 de febrero de 2026

Miércoles 11 de febrero de 2026



Querida Vero:

Hubiese deseado haber comenzado hace mucho tiempo a escribirte cartas, a contarte todo lo que has vivido últimamente.

Un contexto breve: llevas 7 años dedicándote al cuidado de tu abuela Lidia. Ella te crió desde que tenías 9 meses y actualmente tienes 32 años. Ahora estás en una sala de urgencia junto a Lila, así es como le dices a tu abuela.

Lila llevaba cerca de 7 días con estreñimiento. Cada vez le cuesta más ir al baño y se rehúsa a tomar agua. Toma casi todos los días lactulosa y trata de beber mucho té, pero a veces no ayuda. Estamos juntas con Lila esperando que la atiendan mientras ella se queja de dolor.

Son las 00:00 horas. Desde las 19:00 llevas rogándole que venga al hospital porque notabas algo extraño en ella. Llevas contados los días que no ha defecado.

El doctor le pide hacerse unos exámenes, radiografías, para ver si existe un fecaloma. Mientras esperamos que el médico llegue a revisar las radiografías y explique el diagnóstico, Lila está muy inquieta. Y tú, Vero, tienes mucha paciencia. Espero que no pierdas esa paciencia que te caracteriza.

Es difícil vivir día a día lo que tú vives, pero estoy convencida de que eres una mujer valiente, aunque hagas las cosas con miedo.

Lila está nerviosa. Vino la enfermera a ponerle suero y no halla la hora de irse para su casa. Siempre te dice que en el hospital no le hacen nada, pero créeme, siempre nos han ayudado.

Volvió el médico y revisó las radiografías. Sus sospechas resultaron ciertas: tiene un fecaloma y deben ponerle una especie de sonda para que pueda evacuar. Es un poco incómodo para ti. Siempre estás limpiando caca. Nunca te has acostumbrado del todo, aunque ya asumiste que debes hacerlo.

Estamos esperando que termine el suero para comenzar el procedimiento de la sonda. Lila cada vez se impacienta más. Sospecho que debe tener sueño, que se frustra y se quiere ir a casa. Pero aún nos queda una larga jornada aquí en el hospital.

Mientras esperamos que el suero haga efecto, aprovecho de contarte que estás entusiasmada por los próximos proyectos. El año pasado te inscribiste en un diplomado sobre pedagogía teatral y, junto a un grupo de compañeros, van a realizar un libro de investigaciones acerca de la aplicación de la pedagogía teatral. Estás feliz. Crees que, de alguna forma, has encontrado un norte en la pedagogía, que a veces resulta tan cansadora y poco llevadera junto con tu labor de cuidadora de tu abuela.

No te he contado, pero tienes dos gatitos. Uno se llama Tarzán —ese nombre se lo puso Lila—. Tarzán, como su nombre lo dice, es inquieto y salvaje. Es un gato peludo y naranjo, muy inquieto, que siempre quiere salir. También tienes a la Blanquita, que adoptaste de una camada de gatos que llegó a tu casa. Blanquita es caprichosa y rebelde; de seguro que, si tuvieras una hija, sería así de rebelde. Pero en el fondo es cariñosa: se acerca a ti, busca tu cariño y todas las noches, desde que la adoptaste, duerme contigo. Al igual que Tarzán, aunque sea un gato loco.

Tú muestras una dedicación enorme al cuidarlos. Incluso sales a buscar a Tarzán cuando se arranca.

También llegaron tres gatitas. A una de ellas le pusiste Kenita. Es la mamá de todas las camadas de gatos que han llegado a tu casa. Es muy salvaje, no se deja agarrar y te ha rasguñado muchas veces cuando la quieres llevar a esterilizar. La Kenita es mamá de Blanquita y de las otras dos gatitas que llegaron a tu casa: a una le pusiste Peludita y a la otra Cuchita.

Estas gatitas son muy amorosas contigo, pero como la Blanquita y Tarzán son territoriales, dejas a las gatitas en una habitación aparte.

Creo que tienes algo con el cuidado. Eres muy protectora.

Son las dos de la mañana. Tienes mucho sueño. Los ojos se te cierran y luego se te abren rápidamente. De fondo escuchas el ruido de las máquinas del hospital, que está lejos de ser música para tus oídos.

Lila está inquieta y tú solo quieres tenderte en tu cama. Vas a preguntarle a una enfermera qué pasó con el suero. La enfermera viene a verlo, pero no es la que la está atendiendo, así que aún deben esperar.

Lila se sentó en la camilla. Está muy inquieta y quiere irse a su casa. Te pregunta la hora, pero le respondes que es temprano. Hay que armarse de paciencia y dejar el sueño para más tarde.

Son las 2:36. Estás muy cansada. No sé si termines ahora esta carta. El cansancio te gana y recién va a comenzar el procedimiento de la sonda.

Lila está preguntando quién nos va a ir a dejar a la casa. Tú estás medio recostada en una camilla. El cansancio te vence. Escribes desde la camilla, con los ojos pesados y la mente en pausa.

No sabes cuánto más durará esta noche. Solo sabes que estás aquí. Que no te fuiste. Que te quedaste.

Son las 3:00 de la mañana. Le pusieron la especie de sonda a Lila. Tiene el fecaloma incrustado como los pensamientos intrusivos. Estás muy cansada, y no es para menos: llevamos casi cuatro horas acá y lo único que quieres hacer es dormir.

Piensas, de forma más positiva, que llegaremos a casa a eso de las 5 de la mañana y podrás dormir unas cinco horas, ya que a las 10:00 llega el hombre que va a limpiar la estufa.

Qué cansancio es ser cuidadora. La gente que sabe que lo eres te mira como si fueras un ángel, como si la vida fuera a recompensarte todo lo que haces por tu abuela. Pero tú no crees en esas recompensas futuras. Siempre has pensado que la vida se vive ahora y que el después no lo sabemos.

Las recompensas no sirven. Vale hacer las cosas por amor. Convencida del amor.

Siempre te preguntas qué es el amor. Cuidando a tu abuela, la vida no te muestra la figura más amable de amar, pero estás convencida de que es un trabajo diario, que se realiza incluso en los peores momentos, como este, en el que sabes que tendrás que limpiar mucha caca cuando la sonda termine de correr.

Pero bueno, como una autoprofecía cumplida, es tu trabajo y lo has elegido al cuidar a Lila.

Cuidar a Lila no fue una decisión fácil. Cuando comenzaste a hacerte cargo tenías 25 años, y nadie tenía suficiente fe en que lo hicieras bien. Hasta ese momento habías conservado ese toque juvenil e inquieto que parecía reflejo de inmadurez, pero no. Simplemente te gusta disfrutar la vida y la seriedad no va mucho contigo, aunque el cuidado de Lila te lo tomas en serio.

Hasta este momento conservas tu espectro juvenil. ¿Cómo serás cuando leas esta carta? Espero que esta voz interna aún te acompañe, que aún te hable de la vida de tus sueños y del eterno amor que entregas.

Bueno, es hora de despertar de ese amor. La sonda está haciendo su efecto. Queda poco para irse a casa. Falta limpiarla, que la revise nuevamente el médico, y podrás dormir. Aunque sea poco, al menos tu cuerpo va a descansar.

martes, 10 de febrero de 2026

Vejez



A propósito de mi abuela, siempre me pregunto: ¿envejeceré?

Si soy franca, se me hace totalmente difícil imaginar el futuro. El caos actual me hace pensar que la supervivencia de nuestra sociedad corre un riesgo irremediable, como si en cualquier momento pudiéramos desaparecer entre la locura y las futuras guerras.

Hace años decían que el mundo iba a terminar en 2012, porque ahí llegaba a su fin el calendario maya. Se desataron miles de teorías conspirativas que aseguraban que todo acabaría. Pero no fue así. Seguimos aquí. En esta misma locura. Y cada vez más absurda, más acelerada.

Últimamente me doy cuenta de que el tiempo pasa volando. Pensé que esa frase solo la decía la gente mayor… hasta que yo misma empecé a sentirlo así. El tiempo vuela.

La verdad es que me cuesta imaginar el mundo en cincuenta años. Se ha vuelto un lugar cada vez más conflictivo y difícil de habitar. No quiero entrar en detalles, porque cualquier persona que viva en esta época sabe lo que está ocurriendo.

¿Cómo será el mundo en medio siglo? ¿Habrá tanta tecnología como imaginamos? El otro día escuché en un video que muchas de las cosas que hoy están pasando ya habían sido escritas: que la literatura, las películas y las series se encargaron de anticiparlas, casi como un oráculo.

Y si el arte fue capaz de imaginar este futuro, ¿podríamos a través del arte, imaginar uno mejor? ¿Se podrá realmente imaginar?

A veces me invade el pesimismo. Como humanidad todavía debemos atravesar muchos retos. Siento que el mundo está cada vez más polarizado y que con eso nos alejamos del raciocinio y de la paz.

Quizás deba orientar mi imaginación hacia algo más íntimo. Pensar en mi propia vejez. Desear que la lucidez aún me habite. Imaginar que pueda cuidarme sola, que no dependa de nadie. Mi independencia es algo que valoro profundamente. No quisiera entregar a nadie el peso de cuidarme, menos aún si me encontrara perdida en el laberinto mental de la demencia.

El té y el Alzheimer.



Qué difícil es cuidar a una adulta mayor con Alzheimer.
Hoy mi abuela intentó culparme de haberle echado veneno a su té. Decía que le dolía el estómago y que yo era la responsable.

La verdad es que no le eché nada. Le preparé el té como todos los días: dejo remojar la bolsita en una taza con agua hirviendo durante aproximadamente un minuto, luego la saco y le agrego dos cucharaditas de azúcar. Muchos dirán que es demasiada azúcar, pero si ella lo encuentra sin sabor insiste en ponerle más, y puede llegar a agregar hasta cinco cucharadas por su cuenta.

Es difícil envejecer. Hay días en que la miro y me conmueve profundamente su estado. No sé qué hacer. Cada cinco minutos me repite que le queda una hora de vida. Yo intento tener paciencia, pero llega un momento en que esa insistencia me desespera. Me frustra no saber cómo ayudarla.

A veces le digo que se aliste para ir al hospital, porque siento que ya no tengo más herramientas para contenerla. Podría darle calmantes, pero esa agonía de la demencia no desaparece: solo se adormece por un rato, hasta que el efecto de la pastilla pasa y todo vuelve a empezar.

La demencia y el Alzheimer son enfermedades sin escapatoria. Son como un laberinto eterno, uno que cada vez encuentra nuevas formas de perderte.

sábado, 7 de febrero de 2026

Me dijeron fea, y no me dolió.



Me dijeron fea, y no me dolió. Ser fea, para mí, no es un problema estético: es un acto político. La palabra “fea” no describe un insulto ni un tipo de cuerpo, delimita un lugar, uno que queda fuera de la hegemonía actual.
La belleza no es una cualidad natural, es una construcción social e histórica que, en el cuerpo de las mujeres, organiza una estructura de poder y control. No se trata solo de gusto o preferencia, se trata de regulación. A través de la publicidad, los medios de comunicación y las redes sociales, se nos bombardea con imágenes que dictan cómo deberían ser nuestros cuerpos, cuál es el “ideal” de mujer y qué debemos consumir para acercarnos a él. 
Como sostiene Naomi Wolf en El mito de la Belleza (1990) , el ideal de belleza femenina se intensifica como reacción a los avances sociales de las mujeres. A medida que ganamos presencia en el ámbito público, el cuerpo se convierte en un nuevo campo de regulación. El mito de la belleza opera como una tecnología de poder: mantiene a las mujeres ocupadas corrigiéndose, comparándose y compitiendo, mientras el orden estructural permanece intacto.
La hegemonía de lo “bonito” ha estado históricamente asociada a rasgos europeos: piel clara, cabello liso, cuerpos estilizados, juventud permanente. Lo indígena y lo mestizo han sido sistemáticamente desplazados hacia la categoría de “lo exótico”
En este territorio, la belleza no es solo patriarcal: es colonial. Funciona como herencia simbólica de un proyecto histórico que jerarquizó cuerpos y culturas. Mi cuerpo Latino no es una rareza estética; es el resultado de una mezcla forzada entre mundos, de violencia y de resistencia histórica. Mi piel blanca y mi pelo negro no son fallas dentro de un ideal, son vestigios del colonialismo.
La belleza, entonces, no es inocente. Es capital simbólico, es jerarquía social, es dispositivo de poder. Produce cuerpos dóciles, comparables y evaluables. Genera competencia entre mujeres y distribuye valor según cercanía al ideal hegemónico. Ser considerada “bonita” otorga privilegio; ser nombrada “fea” implica devaluación.
Tal vez el problema no sea que existan mujeres “feas”, sino que exista un sistema que necesite clasificarnos para sostener su orden. Tal vez el acto verdaderamente subversivo no sea encajar en el ideal, sino cuestionar la estructura que lo produce y lo perpetúa.

Esperando en mi Ventana

Una sombra esperando eternamente,

mirando por la ventana

para ver si es elegida,

esperando que la gente que pasa

voltee para encontrarme.


Porque si no me miran, pienso que no existo.

Porque si no me veo a través de ellos,

mi existencia no está completa.


Quiero que me elijan.

Que no se vayan de mi lado.

Quiero florecer siempre,

que sea primavera todo el año.


Quiero sentirme amada,

que alguien recorra los lugares de mi ser,

que se funda en mi pecho

deseoso de amor.


Entra la suave luz del atardecer.

La gente sigue pasando,

pero nadie me ve,

nadie me encuentra,

nadie sabe de mí.


Quiero que tu voz encuentre a la mía.

Pero nadie me escucha.


Creo que estoy en un sitio escondido

con el alma expuesta.

Me miro al espejo

y veo a una niña frágil,

con un profundo anhelo de cuidado,

con un terror al abandono.


Ese terror es mi sombra.

Me pregunto siempre:

¿por qué no me eligen?

Desde que mis padres me dejaron,

esa pregunta vive en mí.

Hay días en que me siento como un monstruo

que nadie quiere mirar a los ojos.


Y entonces me escondo en la sombra,

porque siento que el mundo

no sabe mirarme con amor.




jueves, 5 de febrero de 2026

Escribir puede ser una salvación



Escribir nos salva de caer en el absurdo día a día, que pierde sentido a medida que pasa el tiempo. Escribir nos permite conectar, es ese puente que nos abre paso a lo más profundo de nosotros mismos.

Hoy sentí un desgano que hace mucho tiempo no aparecía, un cansancio generalizado, como si la vida perdiera ese espacio de ser vivida, como si quisiera dejar todo por un momento y rendirme. Y bueno, ¿qué tal si me rindo?
Hoy quiero rendirme, sin despedirme de la vida. Mi vida es agotadora, y como mucho, tengo muchas cadenas que me impiden hacer lo que quisiera. A veces quisiera tomar un bus y viajar, andar sin restricciones, sin tener que dar cuentas de mi tiempo, sin tener que rendirme ante las obligaciones de cada día. Estar sola conmigo, conectada, sin pensar en que algo malo me puede pasar. Sin tener que volver a cuidar a mi abuela, o estar pendiente de cuidar, de los horarios, de acostarse a tal hora para levantarse temprano. 
Quizás hoy, después de mucho, me rendí a sentirme deprimida, sin esa frase tan prisionera que es “yo puedo, yo siempre puedo”. ¿Y si no se puede siempre? ¿Y si se está cansada? ¿Y si el tiempo se vuelve una daga que te controla cada vez más?

Estoy hablándole a tu corazón.



El lunes tuve un sueño tan simbólico, tan lleno de imágenes, que me imaginé escribiendo una historia sobre él. Soñé que estaba a pecho descubierto, con el corazón saliendo hacia afuera, y yo lo resguardaba con mis manos mientras caminaba cruzando un cerco. Ese cerco, poco a poco, empezaba a desvanecerse; ya no había límites. Del otro lado, el paisaje estaba congelado, pero lentamente comenzaba a descongelarse. Y ahí, con mi corazón en la mano, me encontraba frente a un hombre desnudo. Lo abrazaba a corazón descubierto y, mientras lo hacía, observaba cómo todo a mi alrededor volvía a descongelarse.

Lo primero que hice después de despertarme fue preguntarle a chatgpt, que podría significar ese sueño y esto fue lo que me dijo:

“Este sueño anuncia una etapa de deshielo emocional y apertura. Habla de sanar una herida que antes pedía resguardo, de permitir que el corazón se exprese incluso cuando tiembla. No es vulnerabilidad que duele, sino vulnerabilidad que transforma: un renacer desde el calor del encuentro y la verdad del sentir.”

Y así tal cual, siento que me estoy descongelando, abriéndome a sentir más y expresar más, a contar aquello, que me mueve las entrañas y el corazón.

31 de diciembre de 2025


Ese día murió mi tía Mirna, la penúltima hermana viva de mi abuelo, que lleva 15 años fallecido. 
La muerte llegó como llegan siempre estas cosas: sin pedir permiso y justo cuando una cree que no puede cargar nada más.

Al principio tuve miedo de decirle a mi abuela. Desde hace días repetía que sentía que se iba a morir, como si el cuerpo ya estuviera ensayando la despedida. Pensé que una noticia así podía hundirla más, quitarle lo poco que le quedaba de ánimo. Preferí callar. Postergar. Protegerla, o al menos intentarlo.

El 1 de enero fuimos a almorzar donde mi tía Waleska. Conversamos en familia sobre el velorio y el funeral de Mirna. Yo insistí en que lo mejor era decirle después a Lila. La había notado apagada, frágil, como si cualquier palabra pudiera empujarla hacia una tristeza irremediable.

La tarde transcurrió entre dulces y sobremesas largas. Hubo risas pequeñas, de esas que no alcanzan a borrar la pena pero la distraen un rato. Después de comer, mi abuela fue al baño.
Y pasó lo que siempre temo cuando no estamos en casa.

No sé cómo decirlo de una manera lingüísticamente estética, así que lo diré sin rodeos: se cagó.
Hasta el último rincón del pañal.

Usamos pañal “por si acaso”. Ese por si acaso llegó ayer.

Lo más trágico no es que se cague.
Lo verdaderamente incómodo, lo verdaderamente triste, es que ella intenta limpiarse sola, como un bebé grande que no recuerda del todo su propio cuerpo. Y deja a su paso todo sucio. El baño. La ropa. El suelo. Todo.

No estamos en casa.
Y, como casi siempre, me toca a mí limpiar la mierda. Después ir rápido a casa para bañarla.

Cuando la baño, se relaja. El agua la calma. Duerme un rato, profundamente, como si el cuerpo por fin bajara la guardia. Pero ese descanso dura poco. Al despertar vuelve la frase, insistente, interminable:

Me voy a morir.

La repite hasta que cae la noche. Hasta que nos vamos a dormir. Como si necesitara asegurarse de que alguien la escuchó decirlo.

Al día siguiente comenzó a llamarme de forma insistente. No quería quedarse sola. Estaba angustiada. Segura de que ese sería el día en que se moriría.
El teléfono sonaba como una alarma que nadie puede apagar.

Cuidar a mi abuela es un viaje. Un viaje incómodo y revelador. Un viaje que me obliga a preguntarme qué es el amor: si es incondicional o si incluso el amor tiene un límite. Me obliga a mirar de frente la vejez, la muerte, la vida. Todo junto. Todo mezclado.

La angustia subía y con ella las llamadas. Cuando la angustia es alta, llama a todos. Pero sobre todo a mi tía Waleska. Ese día la llamó entre veinte y treinta veces. Mi tía no podía venir: estaba en el velorio de Mirna.

Yo me sentí agotada. Vacía. Incapaz de hacer algo que realmente calmara ese miedo. Como último recurso, le di tres tazas de té de manzanilla para que se relajara.

No fue una solución.

Se volvía desesperante atenderla. No había forma de calmarla, ninguna palabra parecía alcanzar.
Entonces hice algo guiada más por el agotamiento que por la certeza. Apliqué una lógica que tal vez funciona conmigo, pero no con mi abuela. O eso creía. Aun así, lo intenté.

Le conté que mi tía Mirna había muerto.
Le dije también que Waleska no podía venir porque estaba en el velorio.

Ya está, pensé.
Esto es lo peor que podía pasar.

Cerré los ojos, como si hubiese lanzado una bomba y no quisiera ver la explosión. Esperé el llanto, el quiebre, alguna reacción que confirmara mi miedo. Pero no ocurrió nada de eso.

Creo que no lo asimiló.
La noticia no le produjo tristeza. No hubo pena visible, ni preguntas, ni recuerdos. Solo un silencio breve. Después, algo inesperado: se calmó.

Desde ese momento, y hasta la noche, estuvo tranquila.

 

¿Qué es la muerte?

Me lo pregunto constantemente.

Para algunos, la muerte es un paso hacia un nuevo camino: el inicio de una etapa distinta, un nivel más alto de trascendencia. Para otros, es simplemente el final: después de ella no hay nada certero, nada que podamos asegurar.

Este fin de semana me vi cargada de pensar en estos conceptos: la vida y la muerte. Todo comenzó con un episodio ocurrido hace dos semanas.

Cada vez me sucede con más frecuencia: tengo episodios en los que comienzo a sentir cosas antes de que ocurran. Y recuerdo que, hace dos semanas, un miedo enorme me atravesó. Miedo al cáncer, al menos así lo racionalicé yo: miedo a que se me cayera el pelo, a sentirme débil, a enfermarme, a sentirme mal. No sabía de dónde venía ese sentimiento. No podía reconocerlo del todo, porque si bien siempre me asusta enfermarme, nunca había nombrado ese miedo con tanta claridad ni lo había sentido tan intensamente, como si realmente lo estuviera viviendo. 

Ese miedo, al que le puse el nombre de cáncer, me generaba sentimientos incómodos, imposibles de ignorar. No podía decir simplemente: lo sentí, y bueno, pasó.

Me atrapó. Acaparó mi atención. Empecé a sentir dolor, pero no físico: era como si mi alma doliera. No era un dolor mío, era un dolor que nunca había asimilado. Y al mismo tiempo sentía que la muerte estaba cerca… pero no era mi muerte, era la de otra persona.

Después de un rato, llegué a una conclusión: una mujer iba a morir. Lo pensé con una certeza que no podía justificar.

No puedo dar una explicación lógica a lo que describo. Simplemente lo sentí. Llegó esa idea, como una ventana de claridad absoluta. Un lapsus con una certeza irrefutable. Después me quedé desvelada, atormentada por lo que sentía. Las noches siguientes lo seguí sintiendo, cada vez con menos atención, porque de alguna manera me tranquilizaba haberlo nombrado: alguien va a morir.

No es la primera vez que me ocurre. Una vez, recuerdo, había muerto Lucho, el primo de un amigo. Esa misma noche me desperté desorientada y dije en voz alta: Lucho falleció. Lo aseguré como si ya lo supiera, pero no lo sabía. Más tarde llamé a mi amigo y me confirmó la noticia. Quedé helada. ¿Cómo era posible que lo hubiese dicho antes? ¿Fue intuición pura? Nunca lo sabré.

Y ahora, hace algunos días, me enteré que falleció la mamá de una excompañera de curso: la mamá de Darlene, la señora Alicia.

Siempre tuve con ella una relación cordial: la veía en la calle, caminando, siempre tranquila, feliz, segura. Yo sabía que tenía cáncer, pero la noticia igual me golpeó.

De inmediato recordé lo que había sentido dos semanas atrás. Y, por extraña razón, pensé: eso que sentí era una premonición de la muerte de Alicia.

Pueden llamarme loca, no lo sé. Pero para mí, en ese instante, había una conexión.


Después lo pienso y me pregunto: ¿estaré al borde de perder la razón?

Y en otros momentos lo acepto como si hubiera un hilo invisible que se enciende en mí. Siempre me pasa.

O quizá soy yo, que busco conexiones en todo lo que ocurre.

Pero pasó: murió Alicia.


Y me conmueve profundamente. Porque sé lo apegada que era Darlene a su madre.

Se me vino a la mente la última conversación que tuve con ella. Fue en el negocio, en el Emporio.

Ese día pasé a comprar y conversamos.

Alicia me contó que estaba muy feliz.

Feliz porque su nieta, la hija de Darlene, tenía tres años y era una niña muy inteligente.



Recordar eso me dejó con un nudo en la garganta.

Pena por Darlene.

Pena por la nieta que ya no tendrá a su abuela.

Ya en el funeral, no dejaba de conmoverme la situación.

Por un lado, siempre me ha producido contraste la visión que tiene la Iglesia Católica de la muerte, lo trágico que se ve el duelo… versus otras culturas, o incluso personas, que entienden la muerte como un camino hacia la trascendencia y celebran la vida de quien partió.


He ido a muchos funerales y para mí la muerte siempre tiene esa mezcla de las dos cosas.

No hay que desconocer que estás viviendo un duelo y que tu vida cambia profundamente: ya no tienes cómo construir un futuro con esa persona, ya no la verás en lo cotidiano, ya no sentirás su presencia, ya no habrá más historias nuevas.

Pero, por otro lado, están los recuerdos, que siguen construyendo historia y que pueden reconstruirse una y otra vez. Ahí la memoria se convierte en la mochila que cargamos con las historias de quienes amamos, y en el fondo eso constituye nuestra vida y nuestro paso por la tierra.

Pero en fin, ese fue un lapsus de pensamiento.

Volviendo al funeral: me daba mucha pena ver a Darlene en esa situación. El funeral fue el 20 de septiembre, y Darlenne cumplía años el 21. Primero estaba enterrando a su madre, y al día siguiente iba a enfrentar un cumpleaños completamente distinto.

Y de repente miraba, y pensaba en la relación que tenía Darlene con su mamá: tan cercana, tan amigas, tan compañeras. Darlene estuvo con Alicia hasta el final, la cuidó en la enfermedad, la acompañó en el cáncer.

Y entonces pensé —y quizás fue egocéntrico de mi parte— en mi propia relación con mi madre. Nosotras nos distanciamos hace un año. La verdad es que nuestra relación nunca ha funcionado del todo. Y no hay día en que no me martirice por eso. He puesto mucho de mi parte para que funcione, pero aun así… no termina de funcionar.

Y quizás, en otro lapsus, pensaba que nunca he vivido ese duelo de estar alejada de mi madre. Ese duelo de no haber tenido un vínculo tan precioso.

A mí me crió mi abuela. Y, sin duda, me supo criar a su manera: con los recursos que tenía, con la visión del mundo que conocía. Una visión muy antigua comparada con lo que soy ahora, pero era su visión al fin y al cabo.


Por un segundo, viendo todo lo que tenía frente a mis ojos, me sentí un poco huérfana de madre.

Y pensaba: ¿qué es peor?

¿Tener una madre preciosa y lamentablemente perderla, porque inevitablemente llega la muerte?

¿O nunca haber tenido una figura materna como la que una sueña?

En mi caso, claro, tuve a mi abuela. Pero siempre fue relación de abuela y nieta. Nunca la sentí como madre. Y con mi madre… con mi madre fue diferente: nuestra relación siempre fue atormentada, confusa, conflictiva. Y a veces me pregunto: ¿realmente valió la pena tener eso?

Sufro la distancia con mi madre, ese deseo profundo de haber tenido un vínculo sano y preciado.

Pero al pensarlo mejor, me doy cuenta de que el verdadero duelo no es por la distancia, sino por algo más profundo : el duelo de una idea.

La idea fantasiosa de que mi madre debía haber sido de otra manera.

Hoy, por primera vez, puedo nombrarlo así.

A veces también se mueren las ideas. Ese duelo es el más silencioso de todos.

Y aquí es donde se entrelaza todo: la vida y la muerte.

Lo que ocurre antes de morir.

Lo que sentimos sin explicación ni conexión aparente.


Aquello que pasó hace algunos meses … hoy me hace sentido.

Aquello que sentí y que yo misma nombré… hoy tiene otra conexión.

Y esa conexión distinta, hoy, me lleva inevitablemente a pensar en mi madre.

Porque, al final, todo se entrelaza: la intuición, la pérdida, el duelo, los recuerdos, las ideas, lo que fue y lo que nunca pudo ser.

Y en ese entrelazado, de alguna manera, también estoy yo.

Querida madre inventada





Te escribo con un nudo en la garganta,

con la pena de los años

y la culpa que he arrastrado.


Me cuesta poner en palabras

lo que eres para mí.


No quiero ajustar cuentas.

No quiero saldar reclamos.


Con el tiempo aprendí

A soltar las cadenas

Que un día

una niña herida

Me hizo vivir


En un rincón de mi alma

guardo tu pasión,

querida madre

Ímpetu de locura,

como un eterno verano,

que abraza el infinito,

Perdiendo su cordura

La que canta con fuego

Incendiándose


En la música te encuentro

mi madre inventada,

de la culpa reguardada

Libre de miedos

De tristezas

liberándose


He roto mi trinchera

Buscando

un recuerdo dulce


ese pedacito de ti

Que abraza mis latidos

Mi guarida

en un cielo gris


Y cada vez que cante,

Te encontraré

En la música y sus silencios.


y cada vez que te necesite,

Te invocaré

con dulces melodías


Y

volverás

siempre

A mi

Como un abrigo.