jueves, 5 de febrero de 2026

¿Qué es la muerte?

Me lo pregunto constantemente.

Para algunos, la muerte es un paso hacia un nuevo camino: el inicio de una etapa distinta, un nivel más alto de trascendencia. Para otros, es simplemente el final: después de ella no hay nada certero, nada que podamos asegurar.

Este fin de semana me vi cargada de pensar en estos conceptos: la vida y la muerte. Todo comenzó con un episodio ocurrido hace dos semanas.

Cada vez me sucede con más frecuencia: tengo episodios en los que comienzo a sentir cosas antes de que ocurran. Y recuerdo que, hace dos semanas, un miedo enorme me atravesó. Miedo al cáncer, al menos así lo racionalicé yo: miedo a que se me cayera el pelo, a sentirme débil, a enfermarme, a sentirme mal. No sabía de dónde venía ese sentimiento. No podía reconocerlo del todo, porque si bien siempre me asusta enfermarme, nunca había nombrado ese miedo con tanta claridad ni lo había sentido tan intensamente, como si realmente lo estuviera viviendo. 

Ese miedo, al que le puse el nombre de cáncer, me generaba sentimientos incómodos, imposibles de ignorar. No podía decir simplemente: lo sentí, y bueno, pasó.

Me atrapó. Acaparó mi atención. Empecé a sentir dolor, pero no físico: era como si mi alma doliera. No era un dolor mío, era un dolor que nunca había asimilado. Y al mismo tiempo sentía que la muerte estaba cerca… pero no era mi muerte, era la de otra persona.

Después de un rato, llegué a una conclusión: una mujer iba a morir. Lo pensé con una certeza que no podía justificar.

No puedo dar una explicación lógica a lo que describo. Simplemente lo sentí. Llegó esa idea, como una ventana de claridad absoluta. Un lapsus con una certeza irrefutable. Después me quedé desvelada, atormentada por lo que sentía. Las noches siguientes lo seguí sintiendo, cada vez con menos atención, porque de alguna manera me tranquilizaba haberlo nombrado: alguien va a morir.

No es la primera vez que me ocurre. Una vez, recuerdo, había muerto Lucho, el primo de un amigo. Esa misma noche me desperté desorientada y dije en voz alta: Lucho falleció. Lo aseguré como si ya lo supiera, pero no lo sabía. Más tarde llamé a mi amigo y me confirmó la noticia. Quedé helada. ¿Cómo era posible que lo hubiese dicho antes? ¿Fue intuición pura? Nunca lo sabré.

Y ahora, hace algunos días, me enteré que falleció la mamá de una excompañera de curso: la mamá de Darlene, la señora Alicia.

Siempre tuve con ella una relación cordial: la veía en la calle, caminando, siempre tranquila, feliz, segura. Yo sabía que tenía cáncer, pero la noticia igual me golpeó.

De inmediato recordé lo que había sentido dos semanas atrás. Y, por extraña razón, pensé: eso que sentí era una premonición de la muerte de Alicia.

Pueden llamarme loca, no lo sé. Pero para mí, en ese instante, había una conexión.


Después lo pienso y me pregunto: ¿estaré al borde de perder la razón?

Y en otros momentos lo acepto como si hubiera un hilo invisible que se enciende en mí. Siempre me pasa.

O quizá soy yo, que busco conexiones en todo lo que ocurre.

Pero pasó: murió Alicia.


Y me conmueve profundamente. Porque sé lo apegada que era Darlene a su madre.

Se me vino a la mente la última conversación que tuve con ella. Fue en el negocio, en el Emporio.

Ese día pasé a comprar y conversamos.

Alicia me contó que estaba muy feliz.

Feliz porque su nieta, la hija de Darlene, tenía tres años y era una niña muy inteligente.



Recordar eso me dejó con un nudo en la garganta.

Pena por Darlene.

Pena por la nieta que ya no tendrá a su abuela.

Ya en el funeral, no dejaba de conmoverme la situación.

Por un lado, siempre me ha producido contraste la visión que tiene la Iglesia Católica de la muerte, lo trágico que se ve el duelo… versus otras culturas, o incluso personas, que entienden la muerte como un camino hacia la trascendencia y celebran la vida de quien partió.


He ido a muchos funerales y para mí la muerte siempre tiene esa mezcla de las dos cosas.

No hay que desconocer que estás viviendo un duelo y que tu vida cambia profundamente: ya no tienes cómo construir un futuro con esa persona, ya no la verás en lo cotidiano, ya no sentirás su presencia, ya no habrá más historias nuevas.

Pero, por otro lado, están los recuerdos, que siguen construyendo historia y que pueden reconstruirse una y otra vez. Ahí la memoria se convierte en la mochila que cargamos con las historias de quienes amamos, y en el fondo eso constituye nuestra vida y nuestro paso por la tierra.

Pero en fin, ese fue un lapsus de pensamiento.

Volviendo al funeral: me daba mucha pena ver a Darlene en esa situación. El funeral fue el 20 de septiembre, y Darlenne cumplía años el 21. Primero estaba enterrando a su madre, y al día siguiente iba a enfrentar un cumpleaños completamente distinto.

Y de repente miraba, y pensaba en la relación que tenía Darlene con su mamá: tan cercana, tan amigas, tan compañeras. Darlene estuvo con Alicia hasta el final, la cuidó en la enfermedad, la acompañó en el cáncer.

Y entonces pensé —y quizás fue egocéntrico de mi parte— en mi propia relación con mi madre. Nosotras nos distanciamos hace un año. La verdad es que nuestra relación nunca ha funcionado del todo. Y no hay día en que no me martirice por eso. He puesto mucho de mi parte para que funcione, pero aun así… no termina de funcionar.

Y quizás, en otro lapsus, pensaba que nunca he vivido ese duelo de estar alejada de mi madre. Ese duelo de no haber tenido un vínculo tan precioso.

A mí me crió mi abuela. Y, sin duda, me supo criar a su manera: con los recursos que tenía, con la visión del mundo que conocía. Una visión muy antigua comparada con lo que soy ahora, pero era su visión al fin y al cabo.


Por un segundo, viendo todo lo que tenía frente a mis ojos, me sentí un poco huérfana de madre.

Y pensaba: ¿qué es peor?

¿Tener una madre preciosa y lamentablemente perderla, porque inevitablemente llega la muerte?

¿O nunca haber tenido una figura materna como la que una sueña?

En mi caso, claro, tuve a mi abuela. Pero siempre fue relación de abuela y nieta. Nunca la sentí como madre. Y con mi madre… con mi madre fue diferente: nuestra relación siempre fue atormentada, confusa, conflictiva. Y a veces me pregunto: ¿realmente valió la pena tener eso?

Sufro la distancia con mi madre, ese deseo profundo de haber tenido un vínculo sano y preciado.

Pero al pensarlo mejor, me doy cuenta de que el verdadero duelo no es por la distancia, sino por algo más profundo : el duelo de una idea.

La idea fantasiosa de que mi madre debía haber sido de otra manera.

Hoy, por primera vez, puedo nombrarlo así.

A veces también se mueren las ideas. Ese duelo es el más silencioso de todos.

Y aquí es donde se entrelaza todo: la vida y la muerte.

Lo que ocurre antes de morir.

Lo que sentimos sin explicación ni conexión aparente.


Aquello que pasó hace algunos meses … hoy me hace sentido.

Aquello que sentí y que yo misma nombré… hoy tiene otra conexión.

Y esa conexión distinta, hoy, me lleva inevitablemente a pensar en mi madre.

Porque, al final, todo se entrelaza: la intuición, la pérdida, el duelo, los recuerdos, las ideas, lo que fue y lo que nunca pudo ser.

Y en ese entrelazado, de alguna manera, también estoy yo.

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