sábado, 7 de febrero de 2026

Me dijeron fea, y no me dolió.



Me dijeron fea, y no me dolió. Ser fea, para mí, no es un problema estético: es un acto político. La palabra “fea” no describe un insulto ni un tipo de cuerpo, delimita un lugar, uno que queda fuera de la hegemonía actual.
La belleza no es una cualidad natural, es una construcción social e histórica que, en el cuerpo de las mujeres, organiza una estructura de poder y control. No se trata solo de gusto o preferencia, se trata de regulación. A través de la publicidad, los medios de comunicación y las redes sociales, se nos bombardea con imágenes que dictan cómo deberían ser nuestros cuerpos, cuál es el “ideal” de mujer y qué debemos consumir para acercarnos a él. 
Como sostiene Naomi Wolf en El mito de la Belleza (1990) , el ideal de belleza femenina se intensifica como reacción a los avances sociales de las mujeres. A medida que ganamos presencia en el ámbito público, el cuerpo se convierte en un nuevo campo de regulación. El mito de la belleza opera como una tecnología de poder: mantiene a las mujeres ocupadas corrigiéndose, comparándose y compitiendo, mientras el orden estructural permanece intacto.
La hegemonía de lo “bonito” ha estado históricamente asociada a rasgos europeos: piel clara, cabello liso, cuerpos estilizados, juventud permanente. Lo indígena y lo mestizo han sido sistemáticamente desplazados hacia la categoría de “lo exótico”
En este territorio, la belleza no es solo patriarcal: es colonial. Funciona como herencia simbólica de un proyecto histórico que jerarquizó cuerpos y culturas. Mi cuerpo Latino no es una rareza estética; es el resultado de una mezcla forzada entre mundos, de violencia y de resistencia histórica. Mi piel blanca y mi pelo negro no son fallas dentro de un ideal, son vestigios del colonialismo.
La belleza, entonces, no es inocente. Es capital simbólico, es jerarquía social, es dispositivo de poder. Produce cuerpos dóciles, comparables y evaluables. Genera competencia entre mujeres y distribuye valor según cercanía al ideal hegemónico. Ser considerada “bonita” otorga privilegio; ser nombrada “fea” implica devaluación.
Tal vez el problema no sea que existan mujeres “feas”, sino que exista un sistema que necesite clasificarnos para sostener su orden. Tal vez el acto verdaderamente subversivo no sea encajar en el ideal, sino cuestionar la estructura que lo produce y lo perpetúa.

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