martes, 10 de febrero de 2026
El té y el Alzheimer.
Qué difícil es cuidar a una adulta mayor con Alzheimer.
Hoy mi abuela intentó culparme de haberle echado veneno a su té. Decía que le dolía el estómago y que yo era la responsable.
La verdad es que no le eché nada. Le preparé el té como todos los días: dejo remojar la bolsita en una taza con agua hirviendo durante aproximadamente un minuto, luego la saco y le agrego dos cucharaditas de azúcar. Muchos dirán que es demasiada azúcar, pero si ella lo encuentra sin sabor insiste en ponerle más, y puede llegar a agregar hasta cinco cucharadas por su cuenta.
Es difícil envejecer. Hay días en que la miro y me conmueve profundamente su estado. No sé qué hacer. Cada cinco minutos me repite que le queda una hora de vida. Yo intento tener paciencia, pero llega un momento en que esa insistencia me desespera. Me frustra no saber cómo ayudarla.
A veces le digo que se aliste para ir al hospital, porque siento que ya no tengo más herramientas para contenerla. Podría darle calmantes, pero esa agonía de la demencia no desaparece: solo se adormece por un rato, hasta que el efecto de la pastilla pasa y todo vuelve a empezar.
La demencia y el Alzheimer son enfermedades sin escapatoria. Son como un laberinto eterno, uno que cada vez encuentra nuevas formas de perderte.
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